Los nada (2011)

Los nada


Los nada

Ediciones del Dock, colección Pez náufrago, 2011.

Diseño de tapa: Mariano Cornejo



Reseñas

"El poeta y sus circunstancias", por Marcelo Bertorello. En Escritores del mundo.

"Algo espera detrás de la curva", por Roberto D. Malatesta. En Diario El Litoral.




671, Aníbal



Le habían echado cable hasta el límite.

Y ya no era sólo el peso del traje,

las tuercas de la mirilla con ese cri-cri

de la materia frotando la materia,

había que buscar el suelo con los pies

y el plomo, ahí donde soportar y ver

en descenso eran uno al unísono.

No hagas macanas, Aníbal, pensá

en nosotros, recordó justo antes

de sentir una especie de humus

revoloteando abajo, un espesor de barro

removido por primera vez en su vida.

Entonces rió: el obelisco de la calle

Corrientes aparecía ahí, pero doblado.


Ahora podía decirse que llegaba a un fondo

de sí. Empezó a mover los guantes

lento, apartando vaya a saber qué.

No era sencillo en esas latitudes observar

la cuestión de la historia. Esa masacre

llegada desde antiguo y todavía

viva, y con aletas respirando fuerte.

Le habían hablado tanto, que confundía

lo burdo real con las palabras.

A santo de qué, por fin, ir a ver el vacío,

esa estampida de lo utópico, su propia cara

descompuesta cantando a la bandera

con frío seco y miedo, los altercados,

los sucios gritos y balazos en lo remoto.


No estaba ahí para eso, se dijo y apoyó

lo que pudo en una especie de roca.

Debo encontrar el bastiscafo de Méndez,

debo seguir en esta pena hasta encontrarlo

se arengó, pero veía poco o poco menos

que formas enormes, oxidadas, en estado

de quiebre. La deformidad amenazante

de algo que se hubiera hundido para siempre.

Había que mudar lo general, lo abstracto

por la cosa concreta. Atender primero

a la respiración cada vez más complicada.

Y si pudiera tironear un poco más de aire

y trasladarme con destreza de una punta

a otra, de un extremo a otro, a otro.


El horizonte se abría ahora en un abra

de tierra y viento duro que lo mantenía

despierto. La postal de una compenetración

de cielo o barro con la vida. Una ruda

fotografía de antaño, cuando los animales

rumiaban y eran casi futuro, el porvenir

de alguien que se acerca y ve lo que ve,

con fe presente. ¡Cuándo las macanas, cuándo!

empezó a revolverse en su hondura. Aquel trago

en la escollera había sido nada más que un trago,

no la provocación que dijeron después, no

ese puño suyo saliendo a la mandíbula del otro,

por más que señalaran que hubo alevosía, dolo,

daño. Las cosas no son como se cuentan.


Mirá esos ojos fríos que van y vienen.

Mirá ese cuerpo, esa majestad solitaria y única

haciendo su instinto, su curiosidad de hambre,

el impaciente oportunismo de la naturaleza.

Me duele tanto el cuello. Si son como rayos

que suben de la base y me atornillan la nuca.

No hagas macanas, Aníbal, por favor, pensá

en nosotros. Como si alguna vez, señora,

te hubieras ido de mi vista, aun cuando mirara

hacia otro mundo y te diera la espalda. Fuimos

el gesto de una canción compartida. Solos sí,

pero juntos en esos días de vendaval y odio,

de poner el cuerpo a quien viniera por nosotros.

Dejame de joder, siempre fui tuyo, siempre.


Y sin embargo, un pífano lo retuvo distante.

Hubiera querido no ver aquellos bombardeos.

Hubiera querido no ver aquellos cuerpos

con sus torsos informes, quemados sobre el cemento.

Hubiera querido no ver el hongo, la radiación

expandida. La furia de ese oficial, con la mano

apuntando a la sien de otro, que torcía la boca

y extendía la cara. Tampoco saber de aquel puntazo

contra el viejo, para recoger unas monedas

y acelerar la moto, el estupor de una mente

que cae para no levantar. Méndez, Méndez,

la cachiola de Méndez ¿dónde carajo está?...

Y menos, la multiplicación de los míseros

rogando famélicos la llegada del ángel vengador.


Sé que aquí no hay espacio para lágrimas, pero

por dios, estaría llorando años enteros y siglos

y miríadas de siglos hasta formar un océano de sodio

y de nitrato, y allí bajar para sacar a Méndez

de su encierro. Y ahí o aquí, sortear los animales planos,

estas bestias de las que nunca se tuvo noticia hasta tenerla.

Y como si hubiera un débil resplandor, perforando

lo negro del paisaje, encontrar al amigo. Y abrazarlo

con una intensidad desconocida. Y fulminar la chapa,

y alcanzar el boquete necesario para pasar grampa

y soga, y tironear de ahí, porque está gordo y viejo

y saque la cabeza como si fuera un parto, por dios,

y entonces sí buscar lo alto, eso mejor que nosotros,

animales turbios de materia miserable, los nada.


Allá, allá hay un débil resplandor. A manderecha,

como una luz, ¿me copia?...




Los pibes



El tipo estaba mucho antes de que llegaran los pibes.

No sé bien cuánto, pero el aire de ferocidad y los sillazos

se mantenían bien vivos en el fondo. Se lo digo

porque de esto me gano el sustento. Con las copas.

Lo de la barahúnda es apenas escenografía, diversión,

si parece que con cada frase se terminara el mundo.


Pero el tipo estaba ahí, más bien magro, pulgoso,

con la largura del poncho justa y las botas de potro,

cuando irrumpieron los otros: los tres se movían

en concierto, como si supieran a lo que habían venido,

como si lo hubieran andado buscando, queriendo.

El tipo, aun así, con soberanía les dio la espalda.


Vos sos un viejo puto, sos, le largó el más apurado.

¿Oís, anciano? Se me hace que algo canta p’al carnero,

sentenció otro, que semejaba familia. Y el último:

Hay gente que anda sobrando de la vida; no vaya a ser

usted, viejo, como decía madre a veces con lágrima.

Y los tres se iban abriendo espacio, igual a una cinta.


Yo lo veía al hombre acariciar un sifón del estaño.

No sé cómo ni a qué se me ocurrió que procuraría

humillarlos distintamente, mojarles la oreja. Pero no.

Se dio vuelta lento, más lento que estas mismas palabras,

y se fue apartando el poncho, mientras hacía un jueguito

de dedos. Después murmuró: ¿Me decís la hora, pibe?


Los viera. Les empezó a salir una baba verde, espesa,

que les comía la boca. (A esta altura, curioseaban todos.)

Y el viejo habló: Tengo el estilo de contestar con pregunta,

dijo. Y a cada frase se vio que le venía la gana, la necesidad.

Fue como si el aire rechinara y se volviera de piedra.

Y ahí empezó eso que nos arrea a todos. Y qué curioso,


también el poema.




El gato



No me llores, Lulita, no hagás de todo esto una tragedia.

¿No ves? tuve razón: estaba escrofuloso. ¿No viste, no lo viste:

lo errático que estaba, su poco pelo, ese cansancio de hambre?

Lo que no sabíamos era su gana de muerte. A la final,

fue de cajón el sórdido desplome hacia el machimbre.


Qué vas a hacer, mi amor. No hay que llorar. Y menos

acá en la basura… A más, a quién le importa, decime.

A quién le importa si subía o bajaba del cielo por la noche.

A quién le cabe si miraba o remiraba con odio. Amarillos

los ojos, los tiene cualquier gato. Cuantimás este maula


que hizo lo suyo duro. Sin ardor en exceso, sin lamerse

con furia las heridas… Por dios, aquí hay olvido nada más…

Tomá, gastate un trago… Si me oyeras, si me oyeras un poco

lo que hablo. Ya sé que era tu príncipe. Y qué, y qué.

No nos sacó de ésta, ¿no? A quién le importa tu compasión,


los años de incierto entendimiento. Ese mirarse a los ojos

como quien mira a alguien, a la ternura, a un compañero…

Comprendo, el fin de la ilusión. Lo comprendo de veras.

Pero no me hagas de esto una elegía. Lo juro, yo te entiendo

que sus pulgas comían tu congoja. Y qué, por dios, y qué.


Miremos juntos otra vez lo alto en lo sucio de la noche.

Estamos solos, Lulita. Y me quiero reír y así no puedo.

Por favor, acariciame, acariciame un poco. Si el olvido

es el don de la miseria. Te lo ruego, Lulita, destesto

lo blandengue. No concedás a la emoción enferma.




Una señora



La señora lava la ropa de la casa, la cuelga.

La señora atiende el hambre de su cría.

Con paso hábil y ademanes precisos

hace lo suyo: esa labor absoluta

de dación oscuramente intensa.

Después, como si fuera un mago,

muestra un habla sutil y delicada,

los vericuetos de un pensamiento

seco, compenetrado con la vida.

Y qué decir de su historia, su dura

y llamativa historia. Nitidez, simpleza

en un punto trabajada en el zen.


Cuánta luz, ella sola en el cuadro.

Ahora piensa: si volviera a nacer,

de verdad, de verdad, que no sé

lo que haría.




Un artista



Del hambre no hay mucho que decir,

es constitucional, intrínseca en la jaula.

Todo consiste en una suerte de honor

sombrío, algo que llega de otra parte.


Hubo días –extraordinarios días–

en que una muchedumbre se aproximaba

expectante. Incluso, quien pagara

por ver. Días de gloria en suma.


Pero ahora, ¿qué decir del ahora?

cuando estoy parado y seco y flaco

en el fondo del patio de las fieras.


¿Ni un paso atrás en estas condiciones?

¿Ni siquiera morderme las uñas?

¿O abrir los ojos y estar a lo que venga?




Formas del yo



Probemos vanguardismo, hagamos ensayo

del poema sin perderlo. Reflexión emotiva,

imagen cartesiana, donde la razón se encienda

al par de la razón natural: los cuatro elementos,

casi como filosofía de la composición. Pero ojo,

que no se advierta. Que el buen lector la incluya

en su flujo de ego multiforme: la ficción fija

de este juego que hace el escritor, el que también

se presta a un viaje hacia adentro que es afuera.


Sin lector no hay literatura y menos poesía, dicen,

la alta compañía para algo o alguien que respira

solo, y espera ser comprendido, hasta entender

de una, que vive en algo más que él, que ¡apenas

él!. Que le pulula por dentro, homólogo a lo externo.

Pero del Yo hablo: el tema. Ese equívoco múltiple

e ignorado, como Proteo; o para darle a la mudaza

un símil pop y modernositud: ese alien, ese hulk

o bien, esa cajita ruso-china de vívida mamushka.


A mi ver, y muy en tosca hipótesis, somos reactivos.

Lo que llamamos Yo es sólo un peso del ánimo,

la industriosa fantasía que lame nuestra pena,

hecha de dolor objetivo y la figuración que portan

las palabras, en distancia insalvable con la cosa.

Ahí empieza la tragedia torpe de la incomprensión,

los abismos dispares o blandos que por humor altivo

asimilamos a nuestra valiente comedia de existir.

Digo: ¿si a uno, el otro no le importa?: a qué con uno.


Y empieza la encerrona. El aire es aire, respiración

de la especie, pero en concierto, metáfora introspectiva

de matices que pelean por la nominación, en donde topa

contra patéticos tropiezos. Quién habla a quién, si

“quien” es otro y otro y otro, a veces en mera función

utilitaria, o moralidad grotesca transmitida. Un reactivo,

pero dulce, por la legión de compañeros que lo viven

en el limitado cuerpo que atraviesa la llanura fértil

o seca, donde nieva o llueve parejo al día de su ficción.


Es que somos de cuento, como la tierra que para todo

sirve, para un barrido como para un fregado, muñecos

turbios de un deseo primal, el instinto de base velador

o ansioso para su extensa satisfacción: creerse alguien.

Es que es áspero, en la meseta conquistada de lo “eso”,

saber que nadie nos espera, ni la figura de un yo mismo.

Entonces ya: palabrería al palo, los proyectos, el empaque

de una carne del corazón que hace de sí las poses del actor,

arte exquisito o tan ramplón de cada quien, según le sale.


Y aquí el poeta, y su adorable tinglado de aguas de resurrección.

Si de uno para uno, la congelante pajería de buscar un estilo,

sobrevivir por amaños a una manía, que se impone al pobre lector.

Un nominalismo para señores críticos, que en exclusiva glosan

con la momiosa capa del experto o del especialista (palabra

legañosa si las hay). Si para el otro en vez, eso que claramente

no es uno, el escribidor alcanza otra momia de útil y de dulce,

lo académico del profesor que habla y dice como si supiera,

aunque los calzones los lleve medroso, cagados por igual.


Saquemos la disyunción, la no salida, que nos encanta para

ser los tristes de nosotros mismos. La puerta está cerrada, sí.

Y qué. La mónada respira maquinaria de agitación. Es así,

pero tal un fuego que quema más allá de la experiencia verbal,

una suerte de luz que no es luz, de sonido carente de sonido,

en intuición de lo real que asoma más allá de los que nada

somos y nos constituye. Bien. A mi entender hay que ir ahí,

a esa verdad que está por fuera de nosotros, y reside oblicua

en el don de la palabra general, en construcción colectiva.


Ése es el poema, cuando el lenguaje habla por sí. Y arrastra

siglos de siglos de condición humana junto a civilización

y naturaleza indiferente. Una índole del verbo que se demuestra

muy por debajo del ego propio, tan conmovedor por cierto

porque es de uno, pero siempre fascista de bota y bigotito

pelotudo. No, el poema está en todos. Y hay un cierto deber

de hacerlo para quien lo busque y quiera. Como decía el gran

Martí: “con todos y para el bien de todos”, belleza en este cielo,

con este viento y aire abiertos, y agua y fuegos del planeta.




Hakuin Ekaku (1686-1769)



No lo encontré en libro, por eso viene de voz oral.

Una historia sencilla y legendaria: de entrenamiento

y meditación, en zona lateral de la conciencia.

En el fondo, la interpelación más simple a la cuestión

religiosa, nuestra dimensión añadida por siglos

de reflexión frente a las cosas y la vida del ser

en el contacto con los otros. El monje desprovisto

vivía su zen rinzai en una choza, tan despojada

estimo, como la de Ovidio en las Metamorfosis

cuando describe a Filemón y Baucis, mis dilectos.

Claro, Hakuin Ekaku a solas, y con una única frase

que blandía o penetraba como koán de entendimiento.

“¿Oh, es así?” Repetía y se debía repetir en admirada

consideración frente a lo que le venía con la vida.

“¿Oh, es así?” Le replicó a una pareja airada de ancianos

que lo acusaban de ser padre de ese niño que llevaban

por confesión de su hija. “¿Oh es así?” Y cobijó por meses

a esa criatura, fruto de su inocencia. Y “¿Oh, es así?”

Volvió a insistir, no bien la escena se reprodujera

por la inversa. Atribulados abuelos, llenos de vergüenza

confesaron el secreto de su hija con un mozo del pueblo.

Y con idéntico pecho, ojos delicados, igual de sonriente

replicó: “¿oh, es así?” Y les dejó en sus manos la belleza.




Arriba, arriba



Arriba, arriba, parias de la tierra,

arriba famélica legión. Dejad de lado,

dejen los cartones, nada va cambiar.


Arriba, arriba, santos de la tierra,

muchedumbre ensoñada, corazones

de carne. Nada va cambiar.


El género humano es la internacional.


Arriba, arriba, la luz está en nosotros,

una beatitud incandescente, el sentido

nomás, de haber vivido el sin sentido.


Arriba, arriba, nada va a cambiar.

Después de todo, el significado

lo hacemos entre todos. Arriba.


El género humano es la internacional.




El premio de la suerte



Soy el afortunado.

Llevo ganada una cifra incalculable

con premios de Internet.


Y sigo, cada día

desde India, Gran Bretaña

Islas Feroe me reconocen.


Soy el afortunado.

Bendigo a mi suerte, sí,

en este locutorio.




Balada del contemplativo



Algo así resulta la escena primordial.

Un árbol noble, un viejo cedro

que dejaba trepar su mansedumbre

hasta media altura, a rama suficiente

para pasar las horas y la tarde si quisiera

mirando hacia el oeste,

donde se sabía del próximo espectáculo.

Detrás de un montecito de eucaliptus

el firmamento haría su mudanza

de cambio, entre pocos ruidos

y algún pájaro dichoso por lo libre.


Ese fue el sello que rigió inadvertido

el resto de una vida: contemplación

a expensas de la acción, el vivir para ver,

haberte visto, amor, aun en la locura

de la ferocidad de los días de trabajo,

cuando lo activo nos golpeaba a su ritmo

de ruda vara por la espalda, ajena de emoción

y de sentido. Días de días, horas y semanas

actuando la comedia de existir y haciendo

con honor lo poco que se tenía entre manos.

Pájaros en la jaula de lo no deseado.


En esa distancia entre el ver para vivir

y el hacer para sobrevivir, gastamos vida.

Pero hay mucho de milagro en todo esto.

Por la noche, cuando te tocaba

volvía al cedro, al espectáculo central.

Pasión de sol abrazando el cuerpo del mundo,

la ternura de ese cuerpo tuyo generoso

para que los eucaliptus temblaran

en el tacto y en los ojos. ¿Sabés?

Bendigo ahora la contemplación,

el paraíso del contemplativo.