La verdad se mueve (2008)

La verdad se mueve


La verdad se mueve

Ediciones del Dock, colección Pez plátano, 2008.




¿Oís el río?



¿Oís el río, Okusai? No está lejos.

Tiene el sonido ambiguo de la vida.

Son como cascotitos limpiándose

con la corriente, algo múltiple.


Prestá atención. Detrás del ruido

se ve el nacimiento rudo de las cosas,

eso íntimo, desesperado casi, casi

enorme en su notoria nimiedad.


¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito

que me pongas esa cara de tintorero

feliz. Dejate ir nomás, un poco.

¿O vinimos nada más que para esto?




No tengas miedo



Si pudiera entrar ahí un rato, al menos

un momento y entender tus chifles,

los ronquidos que hacen lo tuyo tan extraño...

Desde este lado no alcanzo a comprender.


Papá y mamá insisten, pero yo no quiero

irrumpir. Mirá, sólo darte tranquilidad.

No hagas algo de lo que después te arrepientas.

Resoplá el día y la noche enteros si querés.


¿Sabés...?, aquí tengo un par de manzanas.

Voy a entornar la puerta y arrojarlas ahora

adentro. Nadie busca torcer tus decisiones.


Pero no es posible, querido, permanecer así

el resto de la vida. No tengas miedo, Gregorio,

la imaginación es buena compañera.




En Palermo



Hoy es día de mojarras, Mario.

La superficie del lago es transparente

y no parece sensato intentar de nuevo

la suerte del mediomundo.

Al fin y al cabo, fue casi por azar

que sacamos la bestia imaginaria.

¿Te acordás?, se reía de nosotros

con esa boca llena de felpudos sarcásticos.

Algo bíblico.


Sí, es día de mojarras, che.

El cielo brilla indiferente y produce

ese efecto gregario que nos ablanda a todos.

Además, quién oye la canción de los mansos.

Yo te había comprado el helado de palito

con el que señalaste de pronto la profundidad

y mirá, ahora estamos aquí

a merced de las palabras.


No valen intenciones. Que vengas

y te enfundes en el vistoso pilotín amarillo

con la red en la mano

no es argumento suficiente. El agua

es peligrosa siempre, ¿viste?,

te refleja y no te refleja,

pero no hay monstruos cada dos por tres

en el lecho del lago.

Te lo digo así, para que no insistas.


¿Dónde estará ese sueño de vapores

y ronquidos felices?...


Mario,

no creo que la vida dé oportunidades.

Eso sí, cuando arrojaste la red

te oí el grito más tierno, más ilusionado

y éramos dos titanes, ambos

tirando de la caña.


‘Ta bien,

la fantasía puede ser un cáncer

que se lo lleva todo, pero

dónde se oculta, entonces,

la ferocidad del sentido.




Piercing



1.


Hijo, qué sorpresa me das

con ese sólido arito colgándote del iris.

Pasear un cuerpo atado a las pulsiones

es inquietante sí, por lo que sabe

a revuelta generacional...

Lo nuestro fue más ensoñado siempre.


¡De verdad!, no creo que hayamos sido

unos ilusos mejores o peores. Que yo sepa

el sol salía igual que para ustedes

mientras el mar batía los acantilados.

Fuimos masacrados nada más.

Quiero ser directo, disculpame.


La diferencia radica tal vez en los matices.

Como ayer, la historia hierve como ácido.

No te rías. Por qué buscar solución

en la materia, si la cuestión del espíritu urge.

Pero es cierto, no tenemos casi derecho a importunar:

la ley del fracaso no levanta la voz.


Aun así, guarda un vago consuelo

sostener pensamiento sobre casi todo.

Opinar fue la forma de ser libres. Sí,

más mentira para más verdad...

No me pegues. Nadie te quita la palabra

aun cuando sea tan gestual lo tuyo.


Y no sabés, querido, cuánto reconforta

que hayas resuelto confiarme el sueño.

Aplicarte un ancla en el escroto

no suena nada mal, habida cuenta

que parece otro gesto sobre el aquí y ahora,

esta turra injusticia que nos ahoga a todos,


eso tanto más viejo que nosotros,

que vos y yo.



2.


Viejo, siempre en estado de pancarta.

No entendés nada. (Tampoco hay tanto

que entender, poner el cuerpo nada más.)

Me hablás de espíritu. De qué espíritu

hablás. ¿No ves que eso de ser libre

brilla sólo en tu baldosa? ¿No ves

la radiación por todas partes?

Vivís entre abstracciones. No quiero ir

a tus libros ni al pasado. Entre otras cosas

porque ahí estás vos y tu ficción

de perdedores. No quiero terminar

llorando y, ¿sabés?,

me voy a perforar el cuerpo y pintar

la carne hasta que se me dé la gana.

Digo,

¿por qué no fumamos uno de los buenos

y la seguimos disueltos en el humo?



para Tomás Sánchez Bellocchio




Lamento desesperado por Pat Morita



Pat, Pat, Pat, mil veces Pat, acabo de enterarme,

te has ido. Mi amor por ti se ha vuelto imposible.

Discúlpame que te hable en español doblado,

pero es fácil, conozco de tu facilidad para idiomas.

Además, aquí se habla terriblemente mal, voseando...

Tal vez debas seguirme como a un subtitulado.


Oh Pat, carita de balón (el que por aquí llamamos

pelota de cuero y chutamos en el juego balompié,

ese game en el que los españoles son tan rudos),

oh Pat, qué cruel todo, no verte más, no soñar ya

contigo. Dime, cómo haré para arrastrar la cadena

de mi vida, dímelo, dímelo al menos en un sueño.


Oh jetilla inquieta, rebotín con visajes y mohincillos

tan mononos, de pequeño comediante de carácter,

cómo, cómo haré para hablarte, si ahora sé que estás

más allá de todo, como muerto, como ido a tu the end,

el Paraíso de la Tierra Pura... ¡Te lo digo!: siempre,

pero siempre, siempre, estarás en mi corazón, oh Pat.


Y lo juro, hubiera cogido un aeroplano a Hollywood.

Lo imaginé mil veces mientras trabajaba en la ferretería.

Cada vez que me esnifaba soñaba contigo, Pat,

hasta que me echaron –pero no por ti, no por ti,

oh Pat, sino por las faltas de pasta pegamento,

que hoy se ha encarecido tanto y tiene menos vuelo.


Me arrodillaba detrás del mostrador, oh Pat, y lo creas

o no, remiraba feliz tus tiras de la tele, oh Miyagi.

Pat, Pat, Pat, qué ojos y qué chivita de friki. Y más,

qué enorme tu cintilla de inscripciones, cubriéndote

el frontis, esa cinta o pañoleta o cubrecama blanco,

ilustrado (a menudo) con el sol naciente. Oh, oh,

oh. Cómo hago, dime, cómo hago para vivir ahora.


El amor se fue, Pat, no hay más magnetismo de ojos

perforantes, esos óculos rasgados, algo ridículos sí,

pero que te volvían único, tan distinto de los caritersos.

Por qué, por qué, por qué no viniste a Chacabuco al 300

donde vivo. Yo te hubiera mostrado mi colección

de pistolas tiraclavos, la que hurté de la ferretería.


Oh Pat, discúlpame, voy a llorar, estoy desesperado...




Madre patria



En el fondo de casa tengo a mamá partida a machetazos.

Vuelve la pobre, no se conforma y me obsede

cada año bisiesto. Los febrero 29, por ejemplo,

la saco de la bolsa, y la llevo a pasear

por lo cerrado de la noche. Después procedo.


No es agradable, es cierto, salir a la avenida olfateando

muerte. Y más, con mamá en los brazos. Me basta

con cerrar los ojos para verla un poco despeinada

hablando de la carestía de la vida. Como si la vida

fuera barata o cara. Qué se yo. Cosas de mamá.


Me encanta, eso sí, cuando nos sentamos a tomar la leche.

Si cae en viernes, me la llevo lejos a almorzar

y me la como con furia. Somos gente de carácter.

Quien más quien menos, en la familia, tiene

algo de ayunador o de caníbal. Estilo que le dicen.


De las pesadillas, mire, prefiero no hablar. Son un cine.

Un espectáculo asombroso, horrible sí y con finales

bruscos. Pero las guardo conmigo: es lo único

que sigue, cuando la miseria aprieta y no hay amigos

o la cana llega, como usted, diciendo no se sabe qué…


Ahora la encuentro en las palabras. Ahí la llevo por partes

en esta forma de lenguaje, un poco enajenado tal vez,

pero tan querible, tan íntimo, que no sabría decirle

si lo prefiero decididamente a mamá. Es más callado,

menos inquietante y no depende de los años bisiestos…




Domínguez, sí



¡Claro que estuve! Estuve hasta el final.

Yo desarmé los techos y la máquina, pieza

a pieza, y la subimos al camión. Fue raro,

como desguasar treinta años de una vida.

Había tanto sol que no dejaba de llover.

El resto, ya lo sabe. Nos dejaron en esas oficinas

del centro, donde cobrábamos a veces.

Con los brazos cruzados nos pusimos en fila.

Era como esperar algo cuando no había qué.

No le digo, el hijo de puta de Domínguez

lloraba como un chico. Domínguez, sí.




Un suponer



Deje ese llanto marica, quiere. Lo que ha de ser

será... Digo, si acá va a ser, este lugar es oportuno

¿no le parece, secretario? Caray, Flores, métale

leña que falta tiro. Usted me habla de presentimientos

pero yo sé que hay más... una certidumbre, digamos.

Leña, leña, sargento, ¿o no me entiende?...

Contra lo oscuro no conozco claridad suficiente

y para más, a quién le importa lo que diga

un encargado de posta... Palabritas, Ortiz,

palabritas, la canción de los flojos...

Y no lo digo por usted, secretario, sino

por esos cagatintas porteños. ¿O no se acuerda

de esos galerudos y caguetas? Ya los quisiera

ver frente a los cañoncitos del Manco. Se tiene

o no se tiene algo mejor que aire en la boca

para cruzar estas pampas. Vea el claror,

mire si esta ruina de sombra no tira todavía

con la fuerza del mundo. Así, Flores, así,

no le afloje al animal... Si había sido blando,

amigo... ¿No comprende? Cada lágrima suya

trabaja la risa del enemigo. Deje de pensar,

quiere, la imaginación es inútil... Un suponer,

cualquiera fantasía se vuelve manca pronto

y no doma la congoja. Malgasta vida nomás,

lo deja atado a fantasmas de catrera... Mire,

Ortiz, vea: este pedregal no se rasguea sólo

de palabra... La ilustración es música baldía.



para Alberto Sibileau




Esto está hecho, muchacha



Esto está hecho, muchacha. Ahora hay que volver.

Juntemos las tripitas, los pedazos de eso

y cortemos desierto de un tirón...


Ya sé, ya sé, yo lo había visto antes y creamé

se me torcía la entraña. Porque también tuve un

futuro, que es pasado, hasta que el amigo se fue.


Oiga el viento, oiga, es un largo alarido.

No queda nada, usted me entiende, habla el idioma.

No gima, por favor...


Ni aquí ni allí, no sé dónde más ir. Por eso...

monte, muchacha, monte ese caballo

y véngase conmigo.




¿Hicimos bien?



¿Entonces por fin el centro de lo oscuro, Víctor?

Pico y pala... ¿pico y pala para llegar a esto?

¿al furor de los sueños, el muro de granito?


No fue uno, sabelo, fueron muchos los años

de bruto boqueteo, y ¿esto era? decime ¿así

la forma de la bestia? ¿lo negro de las horas?


No, si nada es lo que parece, lo sabemos.

Porque lo hicimos muy por otra cosa ¿no?...

¿Pero qué oís ahora con ese estetoscopio?


Hablame, por favor, ¿hicimos bien en empeñar

la vida, los departamentos?... Por dios, ¿hay algo?

Aflojá, hermano, ¿por qué llorás con esa cara?




Balada del ahorcado



Aunque la soga ajuste y aún más, queme,

señor, le estoy concediendo este bailoteo

de piernas, que espero buenamente lo imante.

Me parecieron tan simpáticos sus consuelos:

eso del otro mundo, la versión de una vida

más moderna y ágil para la descomposición.

Por eso, me resulta civilmente indispensable

corresponder, de algún modo, a sus tonterías.


Con todo, y muy a mi pesar, esto es así.

Desde hace un momento –habrá visto rehusé

con dignidad la capucha– veo pasar instantes

delante de los ojos. Un vodevil, un peliculín

con carros de heno y de mierda. A propósito,

¿recuerda aquellos días de campo, riéndonos

en las discusiones sobre el teatro litúrgico?

¿No fue una juventud extraordinaria aquélla?


Es fantástico. La primavera bordaba nubes

como sueños y ahí, casi delante nuestro,

esos payasos ataviados de santos y reyes

gastaban todo un consistorio de mal gusto.

Cuánto mejor el gozo del amor, del loco

amor, los manoseos detrás de los árboles,

esa lujuria florida de pordioseros

a la que su pietismo, lástima, se rehusaba.


Pero no tema. Lo comprendo tanto. Usted

debió ser alguien, venderse al otro mundo;

yo, sin embargo, viví por nada y soy nadie.

Mi arte, al fin y al cabo, es un desvío,

un formidable desvío. Lo suyo merece,

en cambio, la mejor de las suertes, una

rutina erizada de labores y mérito, bien

que se haya arruinado definitivamente. Sí


creamé, el azar me condujo por caminos

diversos. Su condición es una muestra

de fe sincera y a veces, un poco estúpida.

Lo que quiero decirle, mi amigo, es

que cualquier afirmación es vana. Usted

cura almas con ungüento de palabras,

y yo sólo hurgo bolsas ajenas, por placer,

por el placer de la carne corrupta y tangible.


Pero los cuerpos son espléndidos, señor,

un abismo sinuoso, donde no hay lugar

a distracciones. Una suerte de escándalo

por la vida... En suma, usted habla de espíritu,

como una novela, ficta, como su bondad.

Sepa, no obstante, que mi violencia fue mi modo

de ruego. Y mi culo pesa, vaya si pesa, querido.

Sólo aspiro a que intuya la ternura, otro amor.


Ahora mismo, creo, me ahogo y me pierdo.

Gracias por lo suyo, amigo. Hoy sí que soy actor.

¿O no subí fingiendo (casi dueño de mí)

temblores de arrepentimiento? Tal vez, la belleza

tenga su jeta de juez grave, o la del oficiante

que acaricia la cuerda. Pero esa artesanía

¿no es escenográfica? Creo haber brillado

al menos hasta esta agitación incómoda.


¡Adiós! Ahora no siento el cuello ni sé ya

tributarle una afabilidad condigna, amén

de que preciso aire... ¡Adiós, de nuevo! Quise

reconocerle sus imbéciles generosidades,

tan abundantes últimamente... ¡Qué palabrita

‘últimamente’! ¿no? Tiene

el sonido

duro

de la libertad...




Un servidor de usted



Disculpe la intrusión, niño Javier, pero soy yo,

un servidor de usted, el mismo que hace tanto

no sube a la terraza. Usted lo sabe, niño,

que estoy a su mandado, desde aquella mañana

de su señor padre, que en paz descanse.


No sé si fatuo o qué, pero creí en ser su amigo,

un otro suyo, el coleccionista de las experiencias.

Por eso le dictaba la poesía, niño Javier.

¿O no recuerda los insomnios, el aguarde

de que alguien pusiera la vitrola de la voz?


¿Quién cree, usted, que daba cuerda con ganas

y salía por la cornetita? Niño, niño, no me deje

en el rincón sombrío de los sótanos. Ya sé que vino

a grande, y que los años corren para todos,

pero soy el servidor de usted, su mandato.


Ahora me cuesta, es cierto, hacerme de palabras.

Cómo decirlo, oírle el pulso de las horas. Pero ¿allí

en el fondo del fondo, donde el vivir es casi

peor que malo, y a más se come poco? No es justo, niño

Javier, piense que soy de usted, que aquí me tiene.