La poesía en acción

Como ensayista, Javier Adúriz abordó el género en sus libros: Perlongher (Del Dock, 2000), El soneto: ensayo y antología (Leviatán, 2008), "Posclásico, una aproximación", en Tres décadas de Poesía argentina (Libros del Rojas, 2006), El verso libre (Del Dock, 2009), "Diálogo", en Dificultades de la poesía (del Dock, 2010). Además, desde 2010, dirige la colección de ensayos de poesía, Época, con Santiago Sylvester y Rafael Oteriño.


Aquí van los comienzos de "Como su nombre lo indica", un ensayo sobre el verso libre, y de "Otro ladrillo en el muro", donde desguasa la obra de Néstor Perlongher.



Como su nombre lo indica

1.


Tal vez el verso libre no sea ni verso ni prosa, sino un tercero en discordia, la aleación de ambos. Esto explicaría al menos, por qué adopta la silueta de uno, su carnalidad instintiva, con la respiración de la otra, ese ritmo singular que no remite al canto, aunque tampoco lo excluya. Nomen numen: doble en origen, dúplice en su armado y con música ambigua, en su nombre parece hablar su destino: la fantasía errante del hombrecito que lo tienta. Y todo, para nuestro desmayo, dentro de un designio que Lugones le había presentido: “El verso libre quiere decir, como su nombre lo indica, una cosa sencilla y grande: la conquista de una libertad”. Y qué curioso, en el tenor de esta frase, ya profetiza la evolución de su práctica: tan parvular al comienzo, como a la larga plena de intención.


Según se sabe el origen de la criatura es doble, casi en simultáneo norteamericano y francés. Rasgo indicial que da qué pensar. Un apareamiento en ruptura, siempre litigioso dentro del campo de la poesía, como si el organismo portara en su entraña la suma de los derechos del hombre, una revolución para siempre contra los cercos mentales y las limitaciones que provee cada circunstancia. Algo que debe residir en el afán libertario de la conciencia humana, cuya interpretación la democracia borrosamente refleja.


Por el lado norteamericano, la prelatura le corresponde a Whitman, cuando pone en escena la ilusión del canto que nos atañe a todos. Él es la vis participativa del instrumento, surgido de una alternativa compleja. En lo formal, distanciándose de la tradición poética heredada, en particular el tranco sonoro del pentámetro; aunque en lo íntimo, proclamando cierto laicismo, como una protesta contra lo protestante, no bien alienta un yo múltiple y expandido bajo paradójica enunciación del individualismo.


El lado francés, en cambio, es múltiple. Trabajador en secuencia, lo hace siempre hacia la zona oscura del alma. El primero, cuándo no, Baudelaire, quien busca en la prosa una antítesis para su insatisfacción por lo metros conocidos. Es lo que le dice en la dedicatoria de su nuevo libro a Arséne Houssaye: “¿Quién de entre nosotros no ha soñado en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética musical, sin ritmo y sin rima, suficientemente ágil y lo bastante bronca para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia? Este ideal obsesivo nace sobre todo de la frecuentación de ciudades enormes, del cruce de innumerables relaciones.”


Después: Rimbaud, en traje de joven manos de tijera, cuando perfora por la misma brecha, en carta famosa a Demeny. “Las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas”, dice, siendo que esas formas nuevas en plural, de inmediato habrían de ser la prosa de Las iluminaciones, y los dos primeros poemas en verso libre de su lengua que ahí entrevera. Y esto, con el mágico expediente de cortar la prosa, a gusto y oído, aunque manteniendo la sensualidad de la imagen para reforzar la índole.


Por fin, en 1886, los muchachos, el futuro. Jóvenes con oído nuevo dan el empujón definitivo a la constitución del verso libre. En la revista “La Vogue”, Gustave Kahn y sus amigos no sólo publican traducciones de Whitman; también la primicia del libro de Rimbaud, conseguido no sin misterio; y por supuesto, sus propios ejercicios virginales. Una masa crítica que muy pronto habría de viajar en muchas direcciones, incluso hasta nuestro país.



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Otro ladrillo en el muro

La poesía de Néstor Perlongher


1. Yo, un soldado austrohúngaro!


Hay una frase que tal vez lo explique todo. Una frase, acaso una plegaria, que Perlongher nunca escribió y sin embargo no hizo otra cosa que aludirla, inducirla masivamente en su escritura no menos que hacerla visible a lo largo de su actividad pública, sentencia que da cuenta de su vida como de su obra, que aclara su errancia vital y su introspección intelectual, conduciéndolo a esa forma de devenir en fijeza que lo caracteriza, hecha hasta donde pudo por medio de una insurrección contra el lenguaje.


Esta frase manifiesta una fractura de origen, una sorpresa que se traslada a lo existencial, porque de allí viene, y que debió ser obsesivamente atendida. Un terremoto o disloque que recomienda negar el principio de identidad y reemplazarlo por una ley de contradicción dialéctica, que suspende la categoría sujeto y la pone en entredicho hasta que en definitiva, real o imaginariamente, la soslaya. Un absurdo que pone en cuestión toda la lógica convenida del idioma, al que se somete a cruda revisión, y que aconseja, para encontrar otro lado, olvidar el principio de realidad, en función de una exclusiva asunción del principio del placer; desvío que puede no ser un error sino una modalidad todavía inexpressada, todavía no dicha y que su total biográfico vino a exponer con espectacularidad.


Porque hay mucho de espectáculo en lo que concierne a Néstor Perlongher, algo así como la encarnación de una escena extraordinaria en el doble sentido ominoso de la palabra; una energía preformativa donde decir es hacer y hacer es decir, que pone finalmente incómodos a todos los asistentes de la pieza, los que arrellanados en sus butacas de pana celebran o impugnan, al fin y al cabo desde afuera, las variables de ese acontecer, y cuyo núcleo se desliza en los límites imprecisos de la tragedia y la comedia. Un escorzo semejante al grotesco discepoliano, aunque desde otra perspectiva, donde el punto de fragua es un confín brumoso entre la risa congelada y la dinámica de una lágrima, formateado en variaciones ilusorias de un “movimiento continuo”.


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